Tratando de establecer alguna comparación, los cirujanos también somos actores principales en un escenario, la sala de operaciones. A diferencia de los deportistas de alta competición, nuestros pocos observadores son colegas o familiares médicos del paciente que se constituirán en nuestros jueces. Pero quien juzgará y calificará más severamente nuestra actuación será nuestra propia conciencia. Igual que los jugadores que pasan entrenando años, aprendiendo técnicas y tácticas de juego antes de debutar en un partido oficial, los cirujanos pasamos por lo mismo, un entrenamiento largo y metódico. Inicialmente adquiriendo habilidad, destreza manual y conocimientos teóricos, posteriormente desarrollando juicio clínico que permita tomar decisiones terapéuticas correctas y finalmente ejecutando procedimientos quirúrgicos complejos bajo la tutela y supervisión de nuestros maestros y mentores. Nuestra actuación profesional en el más alto nivel competitivo empieza al ser calificados como cirujanos especialistas y de residentes "en aprendizaje", pasamos a jefes de servicio o la práctica privada independiente. Como el centro delantero que debuta en primera división, que no da ninguna pelota por perdida, que despliega toda si potencia física corriendo los 90 minutos, que arriesga en cada choque y arremete contra todos, el cirujano joven no mide riesgos, cree que es capaz de resolverlo todo, no le tiene miedo a nada y confía ciegamente en su habilidad quirúrgica. Paradójicamente, esta época de nuestro oficio, que es necesaria, pero por fortuna pasajera para los que la superan, nos permite marear nuestro territorio y ser vistos y catalogados como malos, regulares o buenos por nuestros observadores y reclutadores, los estudiantes, los colegas jóvenes y viejos y los pacientes. Esto significará que podremos tener el reconocimiento y hacernos un nombre para asegurarnos un puesto como titulares en nuestro pequeño mundo, o seremos condenados a ver crecer y desarrollarse a los otros desde el banco de suplentes en posiciones secundarias. En la lucha por lograr el puesto, la competencia es franca, abierta y de frente, hay identidad de grupo como una generación emergente y promisoria. Los errores de juicio y las complicaciones son vistas con cierta benevolencia y se atribuyen a inexperiencia y juventud o al curso natural de la enfermedad. El enfrentamiento con la responsabilidad no compartida en el manejo de pacientes y sus familias, sin el apoyo de una institución o de nuestros antiguos jefes, así como el cuidado de casos más difíciles y demandantes, nos permiten tomar contacto con la realidad y administrar y manejar mejor el entusiasmo, los conocimientos y los riesgos. Se pasa entonces a una segunda etapa en la vida quirúrgica: la de análisis, reflexión y cautela. Nuestra inicial pasión y gusto por la cirugía de urgencia, liberadora de adrenalina, de decisiones rápidas, reflejos condicionados aprendidos, físicamente demandante, con el único propósito de preservar la vida a toda costa y sin tiempo para reflexionar sobre el futuro del paciente, da lugar al gusto y preferencia por la cirugía electiva. La que permite evaluar con tiempo y cuidado al paciente, valorar los riesgos, tomar todas las medidas de precaución preoperatorias para evitar lo prevenible y tener el cuidado de explicar al paciente y su familia las eventuales complicaciones y consecuencias de la cirugía. Esta es la fase de consolidación y crecimiento profesional. Nuestro juicio y opinión tendrán significado y valor para colegas y pacientes basados en la experiencia y la seguridad adquiridas, sobre todo si nuestra actividad quirúrgica ha sido orientada a un campo específico. Entonces nuestra actuación en sala de operaciones será tranquila, pausada, dándonos tiempo de reflexión, sin intentar resecciones heroicas, muchas de ellas auténticos ejercicios quirúrgicos sin ningún beneficio para el paciente, adaptando y modificando técnicas, buscando simplicidad, efectividad y seguridad más que lucimiento personal. Es como el jugador que aprende a pararse en el campo, se mueve sin pelota, cubre más terreno, mejora en la entrega, se aplica en la marca, y entiende la función del sacrificio. Pasando entonces, de ser un jugador explosivo y llamativo a los ojos del espectador, a ser un jugador táctico que puede pasar inadvertido, pero sobre el que descansa y pasa todo el juego de su equipo, ordena, manda, y le da salida y fluidez. En ambos casos, en cada operación o en cada partido, habrá menos mariposas en el estómago al principiar y una vez en acción se podrá borrar todo lo que está alrededor para concentrarse en lo que se hace. Lo más difícil en este momento será mantener la regularidad. Desgraciadamente la vida y todo lo que hacemos los humanos no es rectilíneo. La vida, como las secreciones hormonales que la regulan, obedece a ciclos o impulsos de duración variable, con ascensos, mesetas y descensos. Por otro lado, si bien la actividad profesional constituye nuestra ocupación principal y a ella consagramos la vida arrastrando a nuestra familia, está sujeta y es dependiente de todas las pequeñas y grandes cosas que la rodean, alegrías, tristezas, penurias económicas, estabilidad familiar y salud. Es la época en que se cree haber alcanzado las metas, pero también cuando principiamos a sentir y notar la competencia. Hasta ese momento fuimos nosotros los que desplazamos a otra persona y ocupamos su lugar, ahora somos nosotros los dueños de la plaza, lo que desde otro punto de vista significa que somos la persona a desplazar por los que vienen atrás. Ahora la competencia ya no es generacional o de grupo, no se trata de lograr un objetivo, sino de sobrevivir y mantener un puesto. Los errores, aún los intrascendentes, son imperdonables en un experimentado y renombrado cirujano o jugador. Ante los ojos de los espectadores se ha tenido suficiente tiempo para aprender, hacerse un nombre y ser bien cotizado. Sus éxitos y fracasos son noticia y están en la boca de todos. El peligro es perder la perspectiva y creer que se es infalible, que las condiciones y destreza son eternas y que el puesto se tiene asegurado de por vida sólo por el nombre y lo hecho hasta entonces. La toma de conciencia de la responsabilidad y presión que rodean ese momento de la vida profesional es percibida a través de cambios físicos y emocionales que dan paso a otra etapa en la vida profesional. Se principia a perder la vista, los lentes de aumento ya no magnifican, sino que son indispensables para ver; una cirugía de 8 horas bien soportada antes, ahora resulta cansada y larga; la hemorragia de un vaso grande es motivo de angustia y aflicción extremas; las complicaciones postoperatorias usuales ahora hacen pensar en la posibilidad de desastres; y lo que antes se disfrutaba ahora se convierte en angustia y preocupación permanentes. Las cirugías se repasan mentalmente antes, durante la operación y en las noches, despertando con sobresaltos si el repaso mental sugiere el más mínimo error. Igual le sucederá al jugador que antes fallaba dos ocasiones claras de gol en un partido, pero que en el mismo creaba cinco más por potencia y presencia y hacía dos goles; ahora fallar la única que tuvo en todo el partido, que además fue buscada afanosamente y sabiendo que no podía fallarse, se traduce en impotencia y angustia. La presión y la responsabilidad en los próximos partidos harán que regresen las mariposas en el estómago y que el temor al fracaso sea más real que nunca. Entonces, lo que hasta ahora había sido un juego se convertirá en una obligación y un trabajo necesarios para vivir. La tribuna cambiará el aplauso por la recriminación e incluso sus más fervientes admiradores principiarán a pedir su cambio por un jugador más joven y con futuro. El entrenador cederá a la presión y principiará a reducir su presencia en la cancha a medio tiempo o a minutos, para después convertirlo en jugador de recambio y finalmente en transferible. Ese momento de la vida del cirujano será crucial. La situación económica, familiar y la edad harán verlo de manera muy diferente. Para aquel en edad de retiro, que ya no dependa económicamente de los ingresos de su trabajo profesional, con hijos grandes e independientes, la alternativa del retiro será sin duda una opción. Sin embargo, deberá tener algo en que ocupar el tiempo libre. Ese "algo" deberá haberse desarrollado paralelamente a su actividad profesional antes de considerar el retiro. El dejar de operar entonces será un cambio de actividad y no el aislamiento sin alicientes para vivir. Para aquel en edad media y consciente de tener todavía años de trabajo por delante y con necesidades económicas para mantener a su familia, no existirán muchas posibilidades. ¿Qué hacer entonces? Lo primero que vendrá a la mente será buscar alternativas de trabajo para darse cuenta muy pronto que no existen ofertas de empleo para principiantes mayores de 40 años, en un mundo altamente competitivo de "jóvenes". Las siguientes conclusiones serán: que para lo único que se está calificado es para la profesión que se ha ejercido y que de alguna manera ese tiempo invertido le ha dado la experiencia y conocimientos que los que principian en nuestro oficio aún no tienen. Que pese a las dudas, aflicciones y temores del momento, sabrá que puede y deberá seguir operando. La confianza, la seguridad y el gusto por lo que se hace tendrán que reencontrarse poco a poco. Para lograrlo deberá volverse selectivo con los pacientes y las operaciones que se efectúen, aunque eso signifique menos operaciones e ingresos. Se evitarán, la confrontación con pacientes o familias difíciles, se referirán los casos que ameriten procedimientos complicados, riesgosos y que no se practiquen frecuentemente. El trabajo quirúrgico se centrará en lo que mejor se sabe hacer, limitando su campo de acción, sin intentar hacer frente "a lo que venga". Ayudará también, compartir la responsabilidad formando un grupo de trabajo. Lo que será difícil tomando en cuenta que los cirujanos somos educados y formados para caminar y resolver los problemas solos. En la conformación de un grupo de trabajo habrá que considerar: la edad de sus miembros, la distribución de los ingresos, el pago de los gastos, la responsabilidad e involucramiento con el paciente, el manejo de las complicaciones postoperatorias y sus implicaciones, nuestra idiosincrasia y sobre todo la de nuestros pacientes, que siempre esperan un interlocutor directo. Resueltas las dudas y expectativas de todo inicio y cambio, al que siempre cuesta adaptarse, experimentaremos la tranquilidad y liberación de tensión que aporta la presencia de un segundo cirujano que nos confirmará que el punto puesto estuvo bien, o que nos sugerirá u obligará a ponerlo de nuevo si no parece estar en el sitio justo. Las decisiones intraoperatorias antes mentalmente planeadas por uno mismo, ahora serán discutidas y compartidas, para por consenso optar por la que parezca mejor. El principiar a cambiar de posición en la sala de operaciones y ver la operación desde la perspectiva del ayudante con experiencia, pero sin ser el cirujano principal, devolverá el gusto y el deseo de estar en sala de operaciones. Esta nueva fase permitirá además, que lo aprendido y desarrollado durante años de ejercicio no se pierda. Si un cirujano consagró su vida a un campo específico y logró convertirse en un experto, todo su esfuerzo se verá compensado si logra formar a alguien que lo substituya y que con el tiempo lo supere. El retiro, en su momento, será entonces pausado y menos doloroso, pero sin posponerlo bajo ninguna circunstancia. El contacto con la cirugía y los cirujanos podrá mantenerse dando clases a estudiantes y cirujanos jóvenes, dando asesoría y consejo para la resolución de casos difíciles y escribiendo para dejar testimonio de su trabajo y experiencia. Para el jugador, la alt/Qlw87&'C-rC2y9olNnn`˰v\Z7pD?[mK57֟:QlrCXwkҧ/uj |